Cuando era pequeño era feliz con mis amigos. Jugábamos y vivíamos sin preocuparnos de nada importante. Por la mañana al colegio, después a casa, al colegio y a jugar. Simple. Los problemas nos parecían enormes, pero se limitaban a las broncas con los amigos y poco más. En casa no pasaba nada extraordinario. Una familia normal sin gritos ni peleas.
Era, y soy, hijo único. Eso ha hecho que toda la atención recayera sobre mí durante mis primeros años. Mis abuelos, mis tíos siempre me regalaban cosas y me mimaban... pero al final siempre se aprende que uno no es el ombligo del mundo. Mis padres me dejaban bien claro, de vez en cuando, las consecuencias de ser egoísta. Poco a poco lo fui aprendiendo.
¿Pero sabes lo que me hacía más feliz y me impacientaba una semana tras otra? Cuando íbamos a pasear a la playa y me compraban un Superclanc. El paseo marítimo estaba repleto de gente. La luz, cada vez más tenue, pero a la vez más acogedora, resaltaba los cuerpos rojos por el sol y los helados literalmente engullidos por los otros chicos, que jugaban al “que te pillo” sin parar. Siempre había alguno que se estampaba contra el suelo y formaba un sandwich con el helado y el suelo. Después de unas lágrimas y una rodilla pelada continuaban jugando, eso sí, alguno con un poco más de cuidado. Recuerdo que incluso esas heridas nos conseguían hacer felices. Era una herida de guerra. Yo, por mi parte, esperaba con ansia mi Superclanc. Me volvía loco. Literalmente.
Yo miraba nervioso los chiringuitos donde los vendían. Miraba el chiringuito, miraba a mis padres. Estos, ajenos a mis deseos, hablaban y hablaban. Me sabía la ubicación exacta de cada chiringuito, pero siempre miraba por si había alguno nuevo o por si aparecía una nueva variedad. Hasta ahora sólo había una. Pensaba que Superclanc era único y que era el refresco con más éxito del mundo mundial.
No hizo falta que dijera nada cuando pidieron. Lo conseguí cuando íbamos ya de camino a casa y porque insistí un poco. El vaso era de plástico, de los que te dan en los sitios de comida rápida. Vaso, tapa con agujero y pajita para chupar. Yo lo hacía poco a poco y me duraba muchísimo. Su sabor me hacía vibrar, sus burbujas me hacían cosquillas en el paladar y su color azul me hipnotizaba, aunque estaba semiescondido por el envase. Mis padres seguían hablando y ahora ya no me importaba porque tenía lo que quería. Era maravilloso. Era sensacional. El mejor placer que yo conocía en esos momentos. Sentía que todos los niños y niñas del planeta tenían que esperar el momento de beber Superclanc con tantas ganas como yo. Sentía que seguro que era como en el anuncio de televisión, en el que aparecían mogollón de niños de todas las razas. Eran felices, movían los ojos de puro placer. El fondo estaba adornado con colores y la música les hacía bailar. Todo se movía al ritmo de Superclanc. El sueño semanal de cualquier niño.
Cuando llegué a casa aún me quedaba y me lo subí corriendo a la habitación. Allí entré con tanto ímpetu que tropecé con el monopatín que me había dejado en medio del cuarto. Volé yo y conmigo el vaso, la tapa del cual se abrió por el camino. El contenido aterrizó sobre el coche de bomberos que me habían regalado las navidades pasadas. Los bomberos recibieron una ducha de Superclanc. Rápidamente lo escondí y me puse a limpiar el suelo para que no se notara nada. Los bomberos podían disfrutar de Superclanc durante la noche. Yo me quedé a medias, pero lo que más me importaba era que mi madre no me regañara por dejar la habitación desordenada. Odiaba el “Ya te lo dije” aunque tuviera razón, o precisamente porque tenía razón.
Bajé en cuanto acabé de limpiar e hice cara de niño bueno. A las preguntas respondí con un “No, se me ha caído el estuche. Hace un ruido...” y seguí haciendo cara de niño bueno. Cené, me lavé los dientes, me puse el pijama y me fui a dormir sin ni siquiera encender la luz.
Sofia — 15-08-2005 15:23:09