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22 de diciembre de 2.005

Archivado en Me pregunto por qué, ¿tú lo sabes? • Fecha: 22-12-2005 22:50:16

Hoy me marcho, para siempre. He sido un borrego engañado, un consentido estúpido y le pongo punto final a mi vida estéril. Lo hago divagando, reflexionando, recordando cada momento en que me sentaba a escribir tarjetas navideñas. Tengo tiempo, mucho si quiero morir, demasiado poco si me quedo. Nadie me espera, yo no espero a nadie y puedo contar mi final como más me guste a mi, que para eso me largo. Nada de brevedades, nada de hipocresías... Ya es hora de que diga lo que pienso por una vez, aunque a estos que me rodean no les interese ni una sola coma de tanta letra como derrame aquí. Esta vida me da asco, tal vez mis razones sean irrisorias para otros. Esta vez, YO DECIDO.

Durante años escribí por estas fechas, deseándole felicidad y un futuro mejor a mis familiares y amigos. Buscaba con ilusión tarjetas de destellos dorados que deslumbrasen los salones de los seres que tanto quería. Escribía alegres versos, dichos populares acordes con la gélida estación, y brindaba, literariamente, con tintineos de cristalinas burbujas amarillas.

¡Cuántas tardes ocupé desempolvando espumillones de mil colores y colgando bolas, estrellas y papá noeles, por cualquier saliente de paredes, lámparas, espejos, cuadros, molduras y marcos de puertas! Tras la Navidad americanizada, se instauraba, con mayor devoción y detenimiento, la española. Figuras de barro guardadas con mimo, saltaban de la caja desperezándose, bien dispuestas para asumir su papel de protagonistas de una historia irreal pero tranquilizadora: Los bueyes y mulas, ovejas y carneros, perros y conejos, patos y peces, hombres y mujeres; los pobres y los ricos, unidos en torno al recién nacido, al futuro en pañales, al progreso inocente, a la suave esperanza de una oportunidad más.

La casa desbordaba por los resquicios olores añejos, que por cíclicos resultaban nuevos, como distinta es cada nevada sobre los bosques. Serrines, musgos secos, polvos de estrellas y purpurinas azules para los rios, rojas (y doradas) para las fogatas de los pastores, y verdes para los prados brillantes de rocío... Eso, si no tenías, además, dinero para arcillas y corchos que simularan accidentes orográficos y te permitiesen instalar en la cumbre de una de ellas, con orgullo y moraleja, el castillo terrible del aquel Herodes cruel que nos recordase a todos la implacable verdad: siempre hay alguien dispuesto a liquidar lo poco bueno que existe en este valle de lágrimas.

En pocos días, nuestro “hogar dulce hogar” vibraba al son de villancicos flamencos y cantinelas de los superventas radiofónicos. El jolgorio prometía noches bulliciosas y se echaban en falta sillas para tanta gente. Los niños solían llevarse pegada a los dedos y los dedos al bolsillo, una bola de esas, tan cautivadora y, los padres, siempre tiraban con el abrigo el árbol de plástico ¡Cuántas risas y cuántos brindis! Los hijos mayores salían por patas cuando daban las doce campanadas y las uvas aún chorreaban su mosto por las comisuras de los labios. Polvorones y turrones, mazapanes y licores ardían en los estómagos llenos de asados flatulentos.

Unos bailes y, de golpe, el silencio se apoderaba de nuestras vidas atontándonos repentinamente. Enero se iba por donde se habían ido los esforzados Reyes Magos de Oriente, habiendo dejado carbón dulce y los pocos juguetes que los pequeños no habían pedido, pero que los mayores habían podido adquirir. Regresaban a unas tierras donde los polvorones se llamarían Moab y no traerían más que daños colaterales, pero esto sucederá unos cuantos años después... ¿o acaso no lleva sucediendo toda la vida?

La cuesta no se acaba en febrero por mucho que se empeñen algunos grandes almacenes anticipando la primavera. Pasan los años y lo único que sentimos es soledad, vacío. Ni antes fue tan divertido ni ahora quedan ganas, inocencia o familias que unirse en santo sacramento de fraternidad y afecto.

Los viejos se mueren en las residencias de ancianos, en casas olvidadas. SOLOS. Los jóvenes marchitan en macrofiestas como invernaderos industriales, saturados de compostaje químico. Los padres y madres se ocupan en disfrazar las fiestas como antes disfrazábamos las casas, para hacerse creer que siempre hubo Navidad y que no va a dejar de haberla. Para fingir que pase lo que pase, seremos felices.

Regalos que ladran pegan sus naricillas húmedas a los cristales casi opacos de grasientas huellas, de lametones desesperados, de compulsivos deseos que se tornarán cadáveres en las cunetas apenas seis meses después. Diciembre, arrastra jirones de hielo teñido de asfalto por las avenidas chorreantes de luz. Etiquetas que cortan sonrisas, convertiendo en infiernos eléctricos los escaparates de los grandes almacenes, de las tiendas de barrio, de los puestos ambulantes para sonámbulos crepusculares, que revientan sus deseos paseando codicias imposibles.

Guirnaldas egoístas, cestas de comidas que se almacenan en estanterías o se regalan a amistades inoportunas.

Dicen que Mr. Scrooge recorre las traseras de los negocios recordando a sus encargados que se puede trabajar más por menos, que sus empleados darán todo lo que son, que la Navidad es mentira para el que tiene hijos que enviar a Baqueira - Beret, pero muy real para el que la play debe ser sustituida por un par de calzoncillos y un pijama de invierno. Los que dormitan solos mientras las insoportables caras de siempre, les sonrien con estupidez supina desde la caja “sensibilizadora” (pues, de tonta, quedamos hace mucho tiempo que no tiene ni un pelo), saben que la Navidad irrumpe en nuestras existencias para recordarnos que hay una vida que sólo se alcanza fisgoneando en los agujeros, en los húmedos pozos de la mendicidad; trapicheando sueños por grilletes y vendiendo un alma seca a un diablo exultante, cínico y seguro de que aún te quedan secretos por apostar. El pasado está embalado y el futuro se pudre entre legajos de propiedades y patentes. Occidente rebosa decadencia, desigualdad y ambición desmedida, Oriente serpentea entre rezos y torturas, rascacielos y almas arrasadas. Norte y Sur se licúan, el centro se inunda.

No nos quedará la Selva, no nos quedará el Desierto o el Océano, no nos quedará el Universo Infinito, tenemos el egoísmo y la avaricia.

Feliz Navidad si hay un niño hoy que, sabiendo que no podrá comer o que su enfermedad se lo llevará antes de que algo le haga sonreir, siente que el mundo grande, el otro mundo, donde hay futbolistas que chutan goles dorados, o aviones que pliegan el cielo de los sueños, le pertenece, y que algún día sus hermanos lo conquistarán y lo repartirán para que nadie se quede, como él, sin una Navidad más.

Así me levanto, sin esforzarme por desearos felicidad y paz y amor, sin querer que un próspero año nuevo venga (si no viene para todos), sin prometerme a mí mismo que lo mejor es desaparecer y que tal vez lo haga antes de que suenen las campanas del reloj de la plaza. Si cambia el año y yo no he cambiado, no sé qué pinto aquí. Tengo comida, tengo casa, tengo guirnaldas y polvorones, tengo familia y tengo tanto que celebrar que me avergüenzo de cada vez que tuve que protestar por el redondeo del euro, por ese maldito canon que me quieren cobrar injustamente, por esa perversa manía de los políticos de callarme la boca. ¿Hago todo lo que puedo por cambiar este cochino mundo? ¿Merezco siquiera este arrebato que calma mi conciencia? ¿Mejorará la situación de todos los que sufren porque yo grite aquí cuánto sufren? ¿Es mejor para alguien que dispare esta pistola que me apunta cara a cara y con su boca grita: “-¡TÚ!”?





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La Navidad se celebra así (¿?)

Feliz Fin de Año para todos

La Navidad es esto...

La Navidad en Honduras se lleva a un par de amigos por delante.

La Navidad en Puerto Rico advierte de la soledad de sus gentes.

La Navidad en Nueva Zelanda se dedica a contabilizar lo que supone que un individuo deje voluntariamente de trabajar (y de todo lo demás).


Cuaderno de Suicidios
de Luthinda Ebersole

Escrito por Sofía Álamo Mínguez
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