Estoy inmersa en varios cursos apasionantes, uno de ellos, lo imparte David de Ugarte en Las Indias Electrónicas: Marco y herramientas para el ciberactivismo.
Cuando me propuso formar parte de él, me sorprendí:
-¿Yo ciberactivista?, ¿Encajo en ese perfil? ¿Qué tienen que ver conmigo las redes sociales? ¿En qué consisten?
David no dudó, a pesar de mi infinita ignorancia (creo ahora que precisamente por ella no dudó) y me sumergí en ese mundo nuevo de las redes distribuidas.
Pensaréis que trato de publicitar su curso, estupendo, es cierto, aunque, además, me mueve la fascinación que ha conseguido suscitar el material propuesto por “el profe”… ¡Y no he pasado del segundo itinerario! (¡Glup! ‘Master’, voy lenta pero segura… es que el inglés se me resiste…). Conceptos como “plurarquía”, “netocracia”, “swarming”, “blogsfera”, “economía protestante del trabajo”, “ètica hacker”, me tienen abducida. Mi marido cree que me volví del revés y ahora camino con los tejidos cibernéticos interactuando por su cuenta y riesgo… ¡Pero soy feliz! ¡Sí, sí, sí, soy feliz y estoy descubriendo que pertenezco a un grupo social (que no se ha dado cuenta de mi existencia, ni falta que hace) en creciente prosperidad y de un futuro prometedor que aturde! De hecho, creo que la realidad que estoy viviendo, desde hace un más de un lustro, debo sujetarla con maromas adeseélicas, para que no se escapen de mi memoria jamás, porque algún día podré decirle a los hijos de mis sobrinos:
-AQUÍ DONDE ME TENÉIS, YO VIVÍ AQUELLA GLORIOSA ÉPOCA DE LA SOCIEDAD RED.
Vale, vale, me bajo de la nube psicodélica y me largo al pasado para contaros una historia. Profe, yo, de tecnología y análisis crítico ando muy mal, sin embargo, acabo de comenzar a estudiar, la pila de libros ya hojeados va desde Max Barry, pasando por Pekka Himanen (maravilloso) y Neal Stephenson..., así que, permíteme que cuente un cuento para contar lo que me estás contando:
αΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩ
¿Por qué llevo toda una vida añorando otra paralela a ésta y, tal vez, completamente diferente?
Nací en un seno familiar interesado por la cultura pero sin medios para acercarla, hacerla nuestra. Mi entorno inculcaba el deber del trabajo, del esfuerzo diario como una abnegación religiosa. No le caiga el sanbenito(1) (excelente expresión, mejor traída, imposible) de mi incapacidad para fijarme una rutina o para ejercer una profesión “como dios manda” a nadie. Fui yo la que no se motivó lo suficiente -en parte por mi tendencia a la dispersión y en parte por el sistema escolar y la falta de medios y ganas de los gobiernos e instituciones creadas para ello-, como para incorporarme al mercado laboral suficientemente joven, activa y preparada. Tampoco siento que deba colgarme yo (sola) del palo mayor: Malos gobiernos, malos planes de estudios, malos centros docentes, malos profesores, producen malos alumnos.
Amé la lectura, pero no encontré método para estudiar, para aprehender los conocimientos –por escasos que fueran- que ponían a mi alcance. Me convertí en una alumna apasionada si el profesor lo era y en una escapista si no comprendía la materia dada. Mil cursos repetidos, mil compañeros que tenían más presente un trabajo remunerado enseguida que una vocación por descubrir. Entorno empobrecido culturalmente. Hecho de menos esos ambientes donde se propician en las sobremesas controversias, en los cafés, tertulias, ya no digo eruditas y elitistas, excluyentes, sino sencillas mesas redondas espontáneas donde los alumnos, amigos, compartieran poemas, canciones, programas de ordenador o fórmulas matemáticas. Entiendo que esos grupos se especializarían y segregarían mínimamente, los creativos por un lado y los buscadores de la pepita de oro por otro. Yo me encontré maravillosamente guarnecida por el segundo grupo... después del Instituto. No sé cómo lo hice, pero la gente enamorada del teatro y sus vertientes con la que soñé y luché, se transformaron en el grupo de currantes que necesita su dinero para consumirlo durante los ratos libres que la sociedad laboral le tiene estipulados. Gentes honradas y felices que sólo aspiraban a un buen trago de cerveza, un coche que los llevase de vacaciones y unas pocas semanas al año lejos del lugar de nacimiento. Fui muy feliz con ellos, pero ahora siento que una parte de mí murió aquellos años. Como un gollum, me escondía en casa y escribía para poder drenar esa avidez de creatividad acumulada, estancada. Así escribí y escribí durante años, como hoy lo hago, para no morirme del todo.
No debería ser injusta, o mejor aún, no debería dejar que pensaseis que soy injusta, porque ni culpo ni reprocho a estos amigos equivocados el ser como eran. Me recrimino no haber comprendido que debí volar en otras corrientes aéreas, antes. Debí marcharme, debí buscar, escuchar esa curiosidad arrebatada que me domina ahora y, encontrar mi camino, más joven. Me agobia la idea del tiempo perdido, de lo que pude aprender y no hice, de lo que ahora sería mi bagaje intelectual, porque asomo la nariz como ratón asustado fuera de mi agujero pero lo que veo son gatos expertos y yo no sé cómo hacer saltar el cepo que intuyo me espera en la entrada.
Añoro, en la Universidad, la carrera que no elegí, en la vida, el acicate de colegas, la profesión que no supe encontrar. Añoro, en mi alma, la vocación de escritora ignorada que ahora nace, cuando fue engendrada casi con el desarrollo de mi corazón y mis dedos. Buscaba un grupo de amigos con anhelos comunes, con los que disfrutar trabajando, debatiendo, creando. Un empleo sin demasiada remuneración (algo tan perfecto no puede, además, estar recompensado por el Capital, sería incoherente, una paradoja) pero de una plenitud enriquecedora, desbordante. Esos trabajos en los que nadie osa pedirte que descanses, porque cada día te ven más colmado, satisfecho, porque sales de tu cuarto con los ojos encendidos y deseoso de compartir lo que en esas horas ha surgido de tu mente y de tu esfuerzo.
Perdí mi capacidad de crítica, perdí mi inconformismo, mi curiosidad, mi fuerza reivindicadora. Era un súbdito de la economía del consumismo, de la jornada de ocho horas y de los fines de semana prediseñados: bares, cines, restaurantes. Leía sin absorber, miraba sin escrutar, oía sin percibir. Un día llegó en que olvidé cómo amaba la Naturaleza, incluso llegué a rechazarla, como algo ajeno a mis orígenes. Enterré mis sueños más enraizados y caminé como los muertos. Pero no todo es un valle de lágrimas donde redimir los pecados de tus ancestros. No todo lo inculcado por viejas doctrinas prevalece en un espíritu agitado por la curiosidad y las musas. Un día, me enamoré como una colegiala. Me enamoré de alguien que enlazaba sin saberlo mis ilusiones de niña con el futuro inmediato. Para alcanzarle debía despertar, batallar, renacer. Y lo hice. ¡Y cómo lo hice! Hasta siento que fue bueno tanto resignarse, tanto deambular dormida para estar tan harta, para necesitar tanto este escape, esta oportunidad de despegar. Ni de las cenizas ni de las llamas, resurgí de mis propios huesos, con mi sangre burbujeando por unas arterias sedientas de vitaminas de vida. Tonificados mis músculos, entrenado mi cerebro, despierto y dispuesto mi espíritu, ya no me detuve.
Hoy, sentada frente a un ordenador portátil (la tecnología es un medio para disfrutar), doy rienda suelta a mis íntimos deseos, escribo por placer y porque he leído tanto estos meses, que me emociona lo mucho que me queda por aprender. Mis amigos tienen nombres y caras difusas, no los necesito (todavía) reales, “tocables”. Tengo de ellos lo que tanto necesitaba, hidratan mis neuronas con sus experiencias, con sus sapiencias y, lo mejor de todo, es que, como yo, gozan compartiéndolas. Esto que unos llaman era de la información, yo lo nombro como una Red de asociaciones diversas. Internet y sus ramificaciones inverosímiles. Donde azafatas conversan con mineros y tienen algo en común, seguro.
He aprendido en estos últimos cinco años tanto como en el resto de mi vida pasada pero infinitamente menos de lo que me espera en el futuro, porque no concibo desasirme de este asiento que me impulsa a lugares remotos, a paisajes inexplorados, o me cuela por el balcón de la casa vecina y me muestra una receta de cocina, o unos kilómetros más para allá, un curso de ciberpunk.
De repente, me reconozco miembro una sociedad inflamada, garante de conocimientos, generosa, involucrada en el mejor oficio: el de ser feliz. Mentes inquietas, corazones agitados, manos dispuestas. Y resulta que si quiero luchar tengo mil frentes abiertos ¡capaces, resolutivos! Si quiero amar, me topo con elocuentes literatos que donan sus latidos desmallados para que los emplee en mis conquistas. Si lo que me apetece es aprender, la Academia me abre sus puertas y filósofos de ayer y de mañana despliegan sus talentos para obnubilarme. Hemos detenido cenagales, hemos derrocado a injustos; nos hemos organizado espontáneamente (¿parece imposible, verdad?) y, sobre todo, nos sentimos libres, iguales, genios o artesanos, currantes inteligentes, poseedores de la Información.
Si algo no nos gusta, alguno de nosotros sube el peldaño y lo cuenta ofendido. Tal vez no se le haga demasiado caso: -¡estás estresado, compañero! Aunque, tal vez sí. Si su voz se hace eco y el eco se duplica y multiplica hasta ensordecer la banda ancha y la otra, estáte atento porque nuestra voz se torna nítida, se hace una, potente, clara, concreta: tenemos una petición, una denuncia, una propuesta y debe ser escuchada. Y lo es. No hay más remedio. Recordad el 11-14 de marzo en Madrid, recordad los grupos incendiarios franceses de 2.005 (no todo lo que se genera es constructivo, en ocasiones la ira nos fuerza), recordad y escuchad. Nuestro poder es inocente porque nunca sabemos cuándo se mostrará; simplemente, es la respuesta de la pluralidad ante comportamientos agresivos hacia nosotros o hacia nuestro entorno cercano, por remoto que se encuentre, siempre lo sentimos como próximo. Nuestro poder, no obstante, es invulnerable porque tiene la violencia de un terremoto de mil epicentros estallando al unísono.
(1) “La regla monástica de San Benito era: ‘la inactividad es la enemiga del alma’.” (p.17) La Ética del Hacker y el espíritu de la era de la información. Pekka Himanen.
αΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩαΩ
Información interesante (en construcción) y algunos compis (se que no estáis todos los que sois, pero me faltan datos para completar la lista… enviadme un mail -ritabxr en skype- y os incluyo encantada)
:)
http://www.ciberpunk.com/basicos/neal_stephenson.html
Juan Urrutia: Aburrimiento, Rebeldía y Ciberturbas (pdf)
http://www.williamgibsonbooks.com
La tercera ola
And now, for something completely different...>
Barraquito.net
Blog de Carlos
Sombra Digital
A desalambrar
Rodrigo Araya Dujisin
Sergio Gonzalez
Pere Quintana